Luces y sombras DEL APEGO INSEGURO A VÍNCULOS AUTÉNTICOS por José Domingo Sosa
- OJO CON ESO

- Jun 24, 2025
- 9 min read
Especial para Ideas de Babel. Hay palabras que nos atraviesan sin pedir permiso: Muerte, soledad, libertad, propósito. No son simples conceptos abstractos, sino presencias constantes, espectros que habitan el fondo de nuestra conciencia. Son, como lo señala la tradición de la psicología existencial, los cuatro fantasmas (ex jinetes, digo yo) del apocalipsis interior, son angustias inconscientes, inevitables y perturbadoras. Están presentes en nuestras decisiones más íntimas sin ni siquiera pensarlas, actúan dentro de las emociones, en el silencio de la noche, en las rupturas, en el miedo a la pérdida, en la necesidad de pertenencia y sobre todo en los afectos.
Cada uno de estos fantasmas —la muerte que nos recuerda la finitud, la soledad que nos hace sentir aislados, la libertad que nos confronta con la responsabilidad de elegir, y la búsqueda de sentido que nos lanza a preguntarnos por qué estamos aquí— plantea una angustia vital. No se trata de problemas que podamos resolver como quien resuelve un juego Wordle. Son condiciones estructurales de la existencia humana. Lo crucial, entonces, no es evitarlos, sino cómo respondemos a ellos. Y esa respuesta no se forja en la adultez, ni surge por iluminación repentina: nace, se fragua y se moldea en los primeros años de vida y allí comienza nuestro problema emocional que vivirá con nosotros hasta el final.
John Bowlby, pionero de la teoría del apego, entendió que la manera en que fuimos acariciados, cargados, mirados, calmados y amados en la infancia, deja una marca en nuestra capacidad de afrontar la vida emocional. Si desde los primeros meses de vida el infante recibe una presencia sensible y coherente —una madre, un padre o cuidador que responde a sus señales con consistencia afectiva—, entonces puede construirse un apego seguro. Esto no significa una infancia perfecta, sino una experiencia suficientemente confiable del mundo como lugar seguro y acogedor.
Pero no todos los seres humanos tienen esa suerte. De hecho, la mayoría de las personas —sin haber vivido traumas extremos ni negligencias flagrantes— crecen en un contexto de afectos imperfectos. Padres que están, pero no escuchan del todo. Madres que cuidan, pero con ansiedad y angustias. Familias que proveen seguridad física pero no validación emocional. El resultado no es un desastre clínico, sino una inseguridad emocional normal, es decir, suficientemente funcional como para vivir, pero no lo bastante sólida como para enfrentar con serenidad los cuatro fantasmas del apocalipsis existencial.
Bowlby, junto con Mary Ainsworth, clasificó los patrones de apego inseguros en varias categorías. Para nuestro propósito —centrado en la inseguridad normal, no patológica— en este artículo, nos interesa enfocarnos en dos grandes tipos de apegos: el ansioso y el evitativo.
El perfil de la persona con apego ansioso es aquel que desea el contacto emocional, pero teme ser abandonado. Tiende a volverse hiper vigilante ante cualquier signo de desconexión. Busca constantemente la confirmación de sus seres queridos, especialmente de la pareja. Vive con un anhelo profundo de unión afectiva, pero sus miedos lo llevan a interpretar el mundo desde una narrativa de potencial pérdida. No puede tolerar la ambigüedad: una respuesta tardía a un mensaje, una cara o mirada dura, un cambio de tono, una distancia momentánea, son vividos como signos de amenaza. Para este tipo de persona, el fantasma de la soledad no es un concepto filosófico, sino una herida abierta.
El estilo de afecto evitativo, en cambio, también necesita conexión, pero le teme tanto a la intimidad que prefiere distanciarse. Suele mostrarse autosuficiente, racional e independiente. Ha aprendido —a menudo sin saberlo— que los vínculos son peligrosos porque implican perder el control o ser herido. Por eso, ante una demanda afectiva, retrocede; ante un conflicto emocional, minimiza; ante una muestra de vulnerabilidad, se repliega. Prefiere el control a la entrega, la distancia a la dependencia. No porque no quiera amar, sino porque aprendió que amar es exponerse a una herida.
Ambos estilos —el ansioso y el evitativo— son estrategias de adaptación, intentos más o menos funcionales de lidiar con una inseguridad emocional arraigada en la historia personal. No son defectos de carácter ni diagnósticos clínicos, sino formas de protegerse frente a las heridas tempranas de la vida.
En la adultez, especialmente en las relaciones de pareja, de amistad íntima o con familiares significativos, estos patrones se hacen visibles. Los ansiosos tienden a apegarse demasiado rápido, a volverse dependientes del otro para regular su estado emocional. Los evitativos, por el contrario, tienden a desactivar el afecto, a mantenerse en control, a sentirse agobiados por las demandas del otro. Ambos, sin saberlo, están atrapados en una danza inconsciente en la que buscan alivio para sus propias angustias, pero terminan reforzando sus temores.
Por ejemplo, cuando un ansioso se vincula con un evitativo, el resultado es un círculo vicioso: cuanto más el ansioso pide cercanía, más se distancia el evitativo, y cuanto más se distancia el evitativo, más se angustia el ansioso. La dinámica relacional se convierte en un espejo de sus inseguridades infantiles.
Lo que está en juego, en el fondo, no es simplemente un problema de pareja, sino una forma de enfrentar o esquivar los grandes fantasmas existenciales. El ansioso busca en el otro una salvación frente al vacío, frente a la muerte, frente a la libertad de tener que elegir. El evitativo se refugia en la autonomía porque le aterra la entrega y la posibilidad de necesitar a alguien que puede fallar. Ambos, a su modo, están reaccionando al abismo.
Comprender la teoría del apego no es una forma de justificar conductas disfuncionales, ni una excusa para cargar culpas a la infancia. Es, ante todo, una herramienta de conciencia. Una vía para entender por qué nos comportamos como lo hacemos, por qué nos duele tanto una ruptura o por qué nos cuesta abrirnos emocionalmente. Y, sobre todo, una invitación a revisar la forma en que respondemos a las angustias fundamentales de la existencia.
Cuando tomamos conciencia de nuestros patrones de apego, empezamos a vislumbrar una posibilidad distinta: la de no repetir automáticamente el guion heredado. Podemos empezar a construir relaciones más conscientes, más libres, más amorosas. Relaciones que no sean una trinchera contra el miedo, sino un espacio compartido para mirar juntos —aunque sea por momentos— a esos fantasmas que no desaparecen, pero que dejan de asustarnos tanto cuando no los enfrentamos solos.
No se trata de cambiar quiénes somos de la noche a la mañana ni de eliminar del todo nuestras inseguridades —lo cual sería otra fantasía defensiva—, sino de reconocerlas, sostenerlas y permitirnos relacionarnos con ellas de una manera más lúcida, menos reactiva, más humana.
Todo proceso de transformación comienza con una crisis en la que surge una necesidad. Pero no es cualquier necesidad: tampoco aquella necesidad con mirada crítica que nos juzga por nuestras heridas, ni la mirada desesperada que nos exige una curación inmediata, sino una mirada compasiva, abierta y paciente, como la que quizás no tuvimos en la infancia. Empezamos a transformar nuestros patrones no cuando los combatimos, sino cuando aprendemos a verlos con una conciencia amorosa.
Ver que soy ansioso y que mi urgencia de afecto no es un defecto, sino una debilidad emocional. Ver que soy evitativa y que mi resistencia a la intimidad no es frialdad, sino protección. Comprender que mi manera de amar está teñida por mi manera de sobrevivir, y que eso no me condena, pero sí me responsabiliza.
Este primer paso no requiere una técnica sofisticada, sino una disposición interna: la voluntad de observarse a uno mismo con honestidad, incluso cuando eso duela. Y muchas veces duele. Porque mirar la propia fragilidad, la dependencia emocional, el miedo al abandono o la incapacidad de pedir ayuda, es doloroso. Pero ese dolor, si es sostenido con cuidado, se convierte en revelación.
Este primer paso no requiere una técnica sofisticada, sino una disposición interna: la voluntad de observarse a uno mismo con honestidad, incluso cuando eso duela. Y muchas veces duele. Porque mirar la propia fragilidad, la dependencia emocional, el miedo al abandono o la incapacidad de pedir ayuda, es doloroso. Pero ese dolor, si es sostenido con cuidado, se convierte en revelación.
No todos pueden hacer este camino solos. De hecho, pocos lo logran sin compañía o asistencia. Por eso, la relación terapéutica —cuando es auténtica y profundamente humana— puede convertirse en una nueva experiencia de apego. No porque el terapeuta ‘repare’ a la persona, sino porque ofrece una presencia distinta: confiable, consistente, empática.
Una persona ansiosa, por ejemplo, puede experimentar en terapia una relación en la que no necesita luchar constantemente por la atención del otro, donde sus emociones no son minimizadas ni sus miedos ridiculizados. Puede, por primera vez, empezar a confiar en que no necesita sufrir para ser oído. Por su parte, una persona evitativa puede descubrir que mostrarse vulnerable no conduce al caos, que abrirse no significa rendirse, y que el otro puede ser un lugar de reposo, no solo una amenaza.
En ese vínculo —más que en las palabras, teorías o interpretaciones— ocurre algo profundamente transformador: se vive una relación emocional diferente, que poco a poco permite reescribir las narrativas afectivas que llevamos dentro. Esta experiencia correctiva no borra el pasado, pero crea un presente nuevo que habilita futuros más libres.
El camino terapéutico, sin embargo, no consiste solo en sentir. Implica también pensar, reflexionar, elegir. La autoconciencia debe ir de la mano de la responsabilidad existencial. Porque, aunque no somos culpables de las heridas que recibimos, sí somos responsables de lo que hacemos con ellas.
Esto significa, por ejemplo, que una persona ansiosa puede aprender a reconocer sus impulsos sin dejarse arrastrar por ellos: puede notar el deseo de llamar compulsivamente, pero optar por esperar. Puede aprender a regularse emocionalmente sin depender del otro como única fuente de calma. Y una persona evitativa puede ir desarrollando la capacidad de permanecer en la relación cuando algo le incomoda, puede atreverse a decir “esto me asusta” en vez de desaparecer. Son pequeños actos de valentía que rompen las reacciones impulsivas de los viejos patrones.
Este proceso no es lineal. Habrá recaídas, momentos de duda, periodos de regresión. Pero en la medida en que uno sigue caminando, empieza a sentir que los fantasmas —esos cuatro de los que hablábamos— ya no nos paralizan igual. La muerte sigue doliendo, pero no domina. La soledad ya no es exilio, sino espacio. La libertad deja de ser un peso y se vuelve posibilidad. El sentido no necesita ser una respuesta fija, sino una búsqueda compartida.
Es importante advertir que este camino no lleva a una seguridad absoluta ni a una existencia sin angustia. No se trata de curarse de la ansiedad o la evitación, como si fueran enfermedades. Se trata de habitar la propia experiencia emocional con más libertad, de responder en vez de reaccionar, de poder elegir sin estar tan atrapados por el miedo. En otras palabras: se trata de vivir con más presencia, más intimidad y más humanidad.
Establecer relaciones conscientes, basadas en la petición sin ruego, la entrega sin control y la permanencia sin miedo, es un profundo ejercicio existencial. Implica enfrentar la existencia sin máscaras ni evasiones, con valentía genuina y comprensión íntima. Este coraje existencial acepta la vulnerabilidad, permitiendo vínculos auténticos y liberadores. Y ese coraje, como diría Rollo May, es el fundamento de todo cambio genuino.
Porque la transformación emocional no es un acto mágico ni una receta rápida: es un proceso lento, personal, profundamente vinculado al deseo de vivir de otra manera. No mejor, no más exitosamente, sino más auténticamente.
Finalmente, el trabajo sobre el apego no es solo un viaje interior. Tiene consecuencias éticas, vinculantes, sociales. Cuando uno empieza a comprender sus propios patrones, también puede mirar a los demás con más comprensión. Descubrir que detrás de un amante que se aleja hay un niño que alguna vez se sintió invadido. Que tras una amiga que necesita atención constante hay una niña que alguna vez se sintió invisible. Que nosotros mismos, con nuestras torpezas, ansiedades o silencios, estamos hechos de heridas y de esfuerzos por amar lo mejor que podemos.
En relaciones más auténticas, la vulnerabilidad deja de ser un signo de debilidad para transformarse en un puente hacia la conexión. Compartir nuestras inseguridades y miedos, en lugar de ocultarlos tras fachadas de perfección, permite que el otro nos conozca en nuestra totalidad y nos ofrezca un apoyo genuino. A su vez, estar dispuestos a presenciar y acompañar las vulnerabilidades del otro fortalece el lazo y fomenta una intimidad más profunda.
La clave reside en comprender que cada individuo es un ser completo, con sus propias luces y sombras, fortalezas y debilidades. Buscar en el otro la pieza faltante que nos complete es una ilusión que nos condena a la dependencia y a la frustración. En cambio, al reconocernos como seres íntegros, capaces de enfrentar nuestros propios desafíos, podemos establecer relaciones donde el encuentro se basa en el deseo compartido de crecer y de caminar juntos por la vida, ofreciendo compañía y sostén en el trayecto, sin la exigencia de una salvación mágica.
La forma más genuina, íntima y madura de conexión afectiva se revela en la decisión consciente y valiente de transitar juntos lo incierto de la vida, caminando juntos lado a lado, aceptando los desafíos sin pretender eliminarlos. Este acto profundo va más allá del acompañamiento superficial, implicando una aceptación total de la vulnerabilidad compartida y la renuncia a la ilusión de protección absoluta. El amor verdadero no se basa en la ausencia de problemas, sino en la fortaleza del compromiso mutuo para enfrentarlos, encontrando en la presencia del otro un refugio ante la incertidumbre. Este amor se alimenta de la confianza en la capacidad conjunta para superar la complejidad, sostenerse en la fragilidad y hallar sentido en la adversidad, creando un vínculo cimentado en la comprensión profunda, la empatía sincera y la libertad de mostrarse auténticamente vulnerables.













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